
El Lungo Coates, precoz en edad e inexperto en este tipo de rodeos, recibió un compromiso del arquero Muñoz, y cuando maquinó que la pelota efectivamente no era un gurí del barrio, la quiso ningunear desterrándola de su campo. Objetivo incumplido, porque en su lentitud cedió ante la natural agilidad de la Gata Fernández. El aire en el Centenario se cortó, el pánico tomó la palabra, cuando Boselli encaró sólo y marcó ese gol de visitante místico.
En un partido sin arcos, sin armado de juego, Nacional entró en el club del “cómo sea”. Claro, debía convertir 3 goles para pasar. Sin fluidez para armonizar el ritmo del partido, corriendo sin jugar y sometiéndose al termómetro que era la pelota, que corría y corría la pobre. Un conjunto desdibujado y con un dibujo desfavorable.
Estudiantes la pasaba mejor y Nacional jugaba peor. No hacía pie y para colmo, se guiaba por el pálpito de la gente, impaciente por tanta pasividad mostrada. Y eso que el pincha extrañaba a Verón, el capataz, pero los obreros se saben el libreto a rajatabla.
El empate del Cacique Medina alargó un poco la agonía del Bolso, y que de poco sirvió. La misión retorno a una final de copa estaba en plena vigencia, de la mano del goleador Boselli, que mostró todas sus cualidades de ídem, y con el manual en la mano, dictó cátedra para anotar su doblete en el partido y bajar la persiana.
Sabela -cauto externamente- se abrazaba con Gugnali y Camino, viejas cepas defensores de una mística y de un estilo único, que se agranda y muestra su sello en momentos de definición. Luego miran al interior del sempiterno césped, cada lugar y sobre todo, a cada hombre que vista de rojo, blanco y negro y respiran tranquilos. Nadie murió, todo lo contrario. Hay algo que renació y estos jugadores lo tienen.
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